María Moldes: “Las alumnas dan un paso de gigante en su nivel de autoestima”

María Moldes

María Moldes

María Moldes es licenciada en Bellas Artes, Antropología y Publicidad y Relaciones Públicas, a lo que ha sumado un Diploma de Estudios Avanzados en Bellas Artes y un Master en Lingüística Aplicada a la Enseñanza de Español. Se toma la vida como un reto continuo y su filosofía es seguir siempre avanzando. Llegó a la India como voluntaria y acabó ocupando un puesto de cooperante y haciendo de Anantapur su lugar de residencia. Le apasiona tanto enseñar como seguir aprendiendo.

¿Por qué te decidiste a viajar a Anantapur para trabajar como voluntaria?
Siempre me he sentido muy atraída por las personas y las culturas diversas. Me encanta viajar, pero me gusta más todavía vivir en contacto directo con la gente y las costumbres del lugar. No había hecho ningún voluntariado anteriormente pero esa idea rondaba mi cabeza desde hacía tiempo, así que en cuanto tuve la oportunidad de venir a la Fundación Vicente Ferrer para enseñar español no me lo pensé ni un minuto: era algo que ya estaba decidido sin tener que tomar decisión alguna.

¿Has tenido que adaptar tu metodología pedagógica para dar clases en la India?
Totalmente. No obstante considero que un profesor siempre tiene que adaptar su metodología en función de la persona o grupo de personas que tiene delante. Al principio me costó porque es radicalmente diferente al tipo de enseñanza que se da en España . Cuando llegas a Anantapur te das cuenta de que no existe una fórmula infalible sino que hay que adaptarla a las necesidades y formas de aprendizaje de cada alumno particular. Por ejemplo, no puedes empezar con el clásico ejercicio de dar y recibir indicaciones en la calle porque ellas están acostumbradas a los ejercicios clásicos de gramática y a memorizar listas de palabras. Lo intenté y fracasé y tuve que adaptarme.

¿A qué retos se enfrenta el sistema educativo indio?
Desde mi punto de vista no fomenta la autonomía del alumnado, lo que impide que desarrollen capacidad de reflexión propia. Sin embargo el potencial de los chicas y chicos es increíble y sus ganas de desarrollarlo también. Están profundamente motivados y tienen unas ganas insaciables de aprender y ampliar horizontes. Saben que de su nivel educativo depende la posibilidad de optar a un tipo de vida que antes ni hubieran soñado. El potencial y las capacidades están; falta introducir las herramientas necesarias para desarrollarlos.

¿Cómo es dar clases de español a alumnos indios?
Es una sorpresa y un aprendizaje constantes, tanto para el alumno como para el profesor. . Los contenidos culturales siempre les despiertan un profundo interés precisamente por la diferencia respecto a lo conocido. No sólo se quedan con la comparación sino que realmente ves que el nuevo conocimiento les enriquece. Es realmente sorprendente el cambio que percibes en sólo seis meses. Hacen una evolución increíble en todos los niveles: conocimiento del idioma, estrategia, conocimiento del mundo, capacidad de relativizar, afectividad y, sobre todo, seguridad en ellas mismas. El paso de gigante que dan en su nivel de autoestima de verdad que es increíble.

¿Qué te ha aportado personalmente dar clases de idiomas en India?
Por un lado lo inmensurable de lo aprendido. Por otro, los lazos que he establecido con la gente: con los alumnos, con la trabajadores indios, con otros voluntarios… Esa sensación de hogar a miles de kilómetros de tu casa. Y, por último, felicidad, paciencia y tranquilidad: la felicidad que da hacer algo simplemente porque crees en ello y tiene sentido para tu vida y para la de otros; la paciencia para probar tantos modos de hacer como sean necesarios; y la tranquilidad de que, haciendo, las cosas se consiguen.

Ya hace más de cuatro meses que trabajas como coordinadora de voluntarios y cooperantes. ¿Qué es lo que más te gusta de este puesto?
El trato con la gente y seguir viviendo las primeras impresiones y emociones de la llegada a través de los ojos de los nuevos voluntarios y cooperantes. Con el tiempo te vas acostumbrando a todo y la llegada de gente nueva te devuelve continuamente al descubrimiento y la sorpresa de los primeros días.

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Adinarayana: “He conseguido que una tierra yerma dé sustento a mi familia y trabajo a diez personas”

El agricultor Adinaraya

El agricultor Adinaraya

Hace 40 años, el padre de Adinaraysana compró la tierra que ahora él cosecha. Era una extensión yerma de 2,5 ha con un pozo que no utilizó porque dedicó sólo una parte a cosechar cacahuetes que se regaban con el agua de la lluvia. Era una familia dálitque apenas sobrevivía con esos ingresos, por lo que Adinarayana también trabajaba la tierra de otros como jornalero. Pero ganaba muy poco y, hace 18 años, decidió dedicarse a mejorar su propia tierra. “Mi hermano menor decidió hacerse carpintero, por lo que yo quedé a cargo de la tierra junto con mi padre. Pensé que había que sacarle mucho más rendimiento y empecé a buscar la forma de hacerlo”.
Limpiaron y aplanaron el terreno y volvieron a abrir el pozo, del que extraían agua manualmente. Decidieron dedicar la mitad del terreno al cultivo de arroz y durante cinco años les fue bien, pero cuando llegó un período de pocas lluvias Adinarayana pensó que era el momento de cultivar árboles frutales, porque necesitan mucha menos agua.
En ese momento, la Fundación Vicente Ferrer (FVF) estaba empezando a trabajar en la zona, por lo que se dirigió al responsable de su área para participar en el programa de desarrollo agrícola. “La FVF nos proporcionó 200 árboles crecidos de una fruta local, la sapota, y otros 150 árboles más pequeños tanto de sapota como de mango y nos ofreció una excavadora para poder acondicionar la tierra y plantarlos por un coste simbólico. También hicieron llegar la electricidad e instalaron una bomba para extraer agua del pozo a mayor profundidad”, explica este campesino.
Sin embargo, dado que tampoco tenían mucha agua, el riego lo hacían árbol a árbol con la ayuda de tinajas de plástico. “Tardábamos mucho en regar y era un trabajo muy pesado. Además, dependíamos de las horas en las que había electricidad – tres por la mañana y tres por la tarde – para poder llenar las tinajas y regar”, se lamenta.
En 2004 su problema se agravó porque plantó 300 naranjos. Pasó cuatro años con el sistema de riego manual árbol a árbol “pero cada vez veía más claro que seguir haciéndolo así era insostenible. Así que me volví a poner en contacto con la Fundación en 2008 y me sugirieron que instalara unas placas fotovoltaicas para tener electricidad las 24 horas y que implementara el sistema de riego gota a gota, que es automático y aprovecha al máximo cada centímetro cúbico de agua, un bien tan escaso en esta zona”.
Gracias sobre todo a las naranjas, que tienen un precio alto, Adinarayana ha visto crecer exponencialmente sus ingresos anuales en los últimos años y ha empezado a emplear a gente.Estoy muy orgulloso porque he conseguido que una tierra yerma dé sustento a mi familia y trabajo a diez personas”, explica. Hasta tal punto que ha llegado a recibir amenazas para que vendiera su fructífera parcela. “Es la única de la zona donde las plantas crecen tan bien, por eso me han amenazado. Pero la Fundación me dio apoyo y me aconsejó dejar de vivir en la parcela y vivir en el pueblo, donde ahora tenemos una choza que cambiaremos por una casa cuando mis hijos acaben sus estudios”.
Gracias al apadrinamiento sus dos hijos menores estos pudieron seguir estudiando, a diferencia de su hermana mayor, que es viuda y vive con sus dos hijos al amparo de su padre. “Estoy muy orgulloso de que ellos estén estudiando y puedan tener en el futuro una vida mejor que la mía”.

La creación del diccionario unificado de lengua de signos en telugu

En el año 2000, la Fundación Vicente Ferrer (FVF) se percató de que un 30% de los signos empleados entre los niños sordos repartidos entre sus dos escuelas era diferente. A pesar de que la base del lenguaje era común, esas diferencias hacían difícil la comunicación entre ellos y se debían a que los profesores de cada una de las escuelas se habían formado en diferentes ciudades (Bathalapalli, Hyderabad…) en las que se enseñaba un lenguaje diferente.

En ese momento, el departamento encargado de discapacidades auditivas empezó a trabajar en la creación de un diccionario que unificara los signos para los hablantes del telugu, la lengua local. Un equipo de tres personas –dos trabajadores indios y una voluntaria española– recorrió las diferentes regiones durante un año y medio para establecer qué signos eran más comunes para designar cada concepto. Recogieron cómo comunicaban más de 2.000 palabras con una encuesta a casi 400 personas. “Fue un trabajo muy extenso. Una vez hecha la recopilación y el visionado de todos los vídeos, dibujar cada signo en Photoshop nos tomó una media de 20 horas”, explica Yugendhar Naidu, responsable del área de lenguaje de signos.

Niñas y niños sordos en una clase en Anantapur, India

Niñas y niños sordos en clase

“Nos dimos cuenta de que muchas diferencias se debían a referentes culturales distintos. Por ejemplo, una boda para un hindú se representa con el signo del collar -que los maridos dan a las mujeres como presente el día de la boda-, mientras que para los cristianos se representa poniendo un anillo”, comenta. La solución para estos referentes culturales que no se pueden unificar fue añadir varios signos para una misma palabra.

Este departamento ha ido creciendo y la FVF cuenta ya con cuatro escuelas para niños con discapacidad auditiva, así como un instituto de educación secundaria en la localidad de Bukkarayasamudram. Thulasi Ummadi es profesora en una de estas escuelas y aprendió directamente el lenguaje de signos con el nuevo diccionario. “Mi marido trabaja desde hace 17 años en las escuelas de la Fundación, por eso descubrí este mundo y me empezó a interesar mucho. Después de casarme, decidí formarme en lengua de signos y empecé a llevar a cabo un trabajo que cada día me gusta más”. En total, hay 55 profesores trabajando en las escuelas para alumnos sordos de la Fundación con cerca de 500 alumnos.

Meenakshi y Skavitha tienen 12 años y son alumnas de la escuela de Bukkaraya.“Mi madre y mi hermano entienden algunos signos, pero otros no. Sin embargo, en la escuela puedo comunicarme perfectamente con todo el mundo. Me encantaría que todos supieran lenguaje de signos para poder hablar con cualquier persona”, asegura Meenakshi, a lo que Skavitha añade que en su casa su padre “también es sordo, pero sólo habla un poco de lenguaje de signos”. A ambas, el diccionario les parece muy útil ya que “gracias a que tenemos los signos por escrito, podemos repasar si tenemos alguna duda. Cuanto mejor los sepamos, menos problemas tendremos para aprender el resto de materias”, apunta Meenakshi.

Hay muchos casos como el del padre de Skavitha, adultos que no pudieron aprender lenguaje de signos cuando iban a la escuela. Por eso la Fundación quiere hacer llegar las clases también a personas adultas. Es uno de los principales retos para el futuro próximo, junto con conseguir que el gobierno reconozca este diccionario e implemente su uso también en las escuelas públicas para homogeneizar el lenguaje en todo el estado de Andhra Pradesh.

Cuando Kavita pudo escapar de los malos tratos

Después de 18 años de matrimonio y tres hijos en común, Kavita (nombre ficticio) empezó a ser víctima de malos tratos por parte de su marido, tras haberse trasladado a vivir a una gran ciudad para disfrutar de un trabajo mejor. Según explica esta mujer, su suegra “se opuso al cambio del pueblo a la ciudad desde un principio”. En la India, cuando una mujer se casa, en la mayoría de casos mediante un matrimonio concertado y previo pago de una dote por parte de la familia de la novia, pasa a vivir con la familia de su marido y se le acostumbran a asignar la mayoría de las tareas de la casa. “Mi suegra no soportaba tener que encargarse ella sola de la casa y tampoco le gustaba que viviéramos cerca de mi hermana. Quería que su hijo viviera con ella”, relata. “Por eso empezó a convencerle de que en la ciudad yo estaba siendo infiel. Al principio él no le hizo caso, pero empezó a sospechar de mí y a pegarme”.

Trabajadores de la FVF atendiendo a una mujer

Trabajadores de la FVF atendiendo a una mujer

Fue en ese momento cuando Kavita decidió regresar al pueblo de su marido para evitar los celos. Pero los malos tratos no cesaron. “Seguía siendo muy celoso, me pegaba tanto que en una de las palizas me rompió un brazo y algunos dientes. A veces me decía que le diera tiempo, que iba a cambiar, pero siempre volvía a pasar lo mismo. Estuvimos nueve meses así, hasta que decidió dejar su trabajo en la ciudad para vigilarme todo el día. Empezó a gastar nuestros ahorros para comprar comida, pero sólo comía él y no nos daba a mi hija ni a mí. Al poco tiempo decidí acudir al Centro de Asesoramiento de la Fundación”, narra Kavita, que desde hace dos meses vive en la aldea de uno de sus cinco hermanos, donde ha alquilado una pequeña casa y trabaja como jornalera.

Gracias al trabajo de la Fundación Vicente Ferrer (FVF), ha recibido apoyo económico y jurídico y ha denunciado el caso ante la policía, que detuvo a su marido y estuvo en la cárcel durante una semana. Al salir, Kavita le explicó que tenía dos opciones: cambiar de actitud, dejar de agredirla y volver a reunir a su familia; o pagarles una manutención si decidía separarse. De momento, su marido ha decidido iniciar la rehabilitación para ser capaz en el futuro de respetar a su mujer y vivir juntos de nuevo.

La mejor solución
En una sociedad patriarcal como la india, divorciarse o enviudar supone un enorme perjuicio para una mujer, que pasa a no tener ningún valor social. Lo más habitual es que la rechacen tanto la comunidad como la propia familia y que no vuelva a casarse. La probabilidad de rehacer su vida se vuelve aún más remota si ella tiene hijos, como es el caso de Kavita. Por eso, el Centro de Asesoramiento busca la mejor solución para las mujeres de acuerdo al contexto, y a menudo pasa por la rehabilitación del marido y la familia.

Sakunthala es coordinadora del Centro de Asesoramiento de la Fundación en la localidad de Dharmavaram. Atiende personalmente todos los casos que llegan al centro con la ayuda de otros tres trabajadores. “Visitamos los pueblos para dar charlas de concienciación sobre la importancia de luchar contra la violencia de género. Les damos los números de teléfono móvil de los trabajadores de la Fundación para que cualquiera, aunque no sea la propia afectada, acuda a nosotros para denunciar un caso”, explica Sakunthala.

“Nosotros no podemos imponer una decisión a ninguna mujer. Ha de ser la víctima, una vez que le damos apoyo psicológico y le explicamos las opciones que tiene, la que decida. En los casos más extremos, cuando se añaden problemas como el alcoholismo y el marido no atiende a razones, las podemos atender temporalmente en nuestra casa de acogida de Bathalapalli”.

Chennareddy, que trabaja junto a Shakuntakla, tiene un gran reto al ser hombre en un terreno copado por las mujeres. “Tengo que trabajar mucho la relación no sólo con las mujeres sino con toda la familia. Si un marido ve que sólo hablo con la mujer puede ocasionar un episodio de violencia por pensar que mis intenciones son otras”, explica. Chennareddy, sin embargo, sortea este obstáculo gracias a la ilusión que pone en su trabajo. “He vivido situaciones de violencia dentro de mi familia y he sufrido mucho por ello. Por eso escogí este trabajo, porque la mayor recompensa para mí es el ‘gracias’ de una mujer a la que hemos ayudamos a mejorar su vida”.

Miriam Rucandio: “La violencia contra las mujeres no ocupa grandes titulares en la India”

Miriam Rucandio en una entrevista para la Fundación Vicente Ferrer

Miriam Rucandio

¿Qué diferencias has encontrado al pasar de trabajar en España a hacerlo en la India?

El trabajo periodístico en la India es completamente diferente al que había desarrollado en España. Los métodos son los mismos pero el contenido no tiene nada que ver. Lo primero que tuve que hacer al llegar fue hacerme con la cultura y costumbres lo antes posible para comprender el modo de vida de la gente de aquí y así entender mejor sus explicaciones. Sin duda, lo más difícil es entrevistar a personas en situación límite. Normalmente con pocos recursos y, en algunas ocasiones, también sin estudios. Les cuesta mucho abrirse y argumentar. Además, se añade la dificultad del idioma. Ellos hablan telugu, por lo que normalmente les entrevistamos con alguna traductora. Esto dificulta mucho la fluidez de la entrevista. Pero, con un poco de paciencia te vas con toda la información que necesitas. Es mucho más satisfactorio que el trabajo en España ya que estás dando voz a gente que en su propio país vive prácticamente en la invisibilidad.

Es tu primera experiencia en cooperación internacional.¿Por qué decidiste entrar en contacto con el mundo de la cooperación?

Siempre había querido tener un trabajo que ayudara a construir una sociedad mejor y el periodismo, que para mí ha sido vocacional desde muy pequeña, me parecía una buena manera de conseguirlo. Sin embargo, cuando trabajas en medios tradicionales te das cuenta de que no tienes toda la libertad que te gustaría (y que deberías) y de que las rutinas informativas y las agendas las marcan intereses muy diversos.. Por eso, ahora, en un momento en el que mis circunstancias personales y profesionales me lo han permitido, me decidí a dar el paso de llevar a cabo este voluntariado en la India.

¿Qué ha sido lo más gratificante para ti de este voluntariado?

Creo que a esta pregunta cualquier voluntario puede dar una respuesta común, sin importar el tipo de trabajo que haya desarrollado: es saber que estás ofreciendo tu tiempo para algo que realmente es importante. En España, los jóvenes en general llevamos años sufriendo condiciones laborales muy malas. Sin embargo, cuando vienes aquí a dar tu tiempo y tu trabajo de forma desinteresada, porque sabes que quien se beneficia de ello es gente que realmente lo necesita, trabajas aún más motivado que cuando estás en otro puesto laboral cobrando un sueldo que consideras injusto por realizar un trabajo que no te llena ni personal ni profesionalmente.

¿Qué cualidades crees que tiene que tener un voluntario para trabajar en Anantapur?

Para cooperar en un país extranjero, lo fundamental es tener una mente abierta y capacidad de adaptación. Como todo en la vida, cuando una idea es abstracta parece más difícil y peligrosa y eso puede hacer que alguien que se plantea hacer un voluntariado en otro país finalmente no se decida. Sin embargo, en este caso, una vez que pones los pies en Anantapur ves que hay una clara diferencia cultural pero que no es para nada insalvable. Una vez superado el shock inicial es imprescindible la capacidad de adaptación a un entorno donde tus compañeros de trabajo van a ser tus únicos amigos durante varios meses y donde tu rutina va a ser muy diferente. Por otro lado, a nivel profesional, según el tipo de tarea que vaya a desempeñar, lo importante es tener flexibilidad para cambiar la metodología de trabajo y para comprender la forma de trabajar y de interactuar de las personas indias, que puede llegar a ser muy diferente a la nuestra.

Profesionalmente, ¿qué has aprendido? ¿y personalmente?

Por un lado ha sido una gran experiencia profesional. Cambiar la perspectiva y adaptar mi forma de conseguir la información me ha ayudado a abrir la mente. También he aprendido a adaptarme al ritmo de trabajo indio. En España todo es mucho más rápido, pero también tenemos mucho estrés. En la India se trabaja mucho, por supuesto, pero sacar las cosas adelante lleva más tiempo. Venir del ritmo de España y adaptarte al de la India ha puesto a prueba mi paciencia, aunque creo que he superado la prueba.

Y, personalmente, ha sido muy enriquecedor descubrir un país tan fascinante como la India. Lo que más me ha sorprendido es ver como gente que no tiene casi nada mantiene una actitud y fortaleza vital encomiable. Por supuesto que tienen problemas y malos momentos, pero creo que tienen una capacidad para asumir la vida tal como viene y afrontarla con un comportamiento que en Occidente hemos perdido.

Has seguido de cerca la actividad periodística en la India. ¿Qué es lo que más te sorprende de la actualidad de este país al abrir el diario?

Lo que más me ha chocado de la actualidad india son las noticias de violencia que llenan todos los diarios. La violencia, sobre todo contra las mujeres, no ocupa grandes titulares la mayoría de veces, como pasa en España. Casi pasa desapercibida entre otras noticias. . Pero cada día se publican violaciones, muchas en grupo, y episodios, en general, de violencia. Sin embargo, lo que más me angustia es que hay cientos de casos cada semana en todo el país que no se publican y que ni siquiera se denuncian. La India tiene una estructura social profundamente patriarcal, donde las mujeres tienen un papel muy poco relevante, especialmente en las sociedades rurales como las de Andhra Pradesh. La violencia en general, pero sobre todo contra ellas, está muy extendida en la sociedad, en la televisión, en el cine… Está muy arraigada y por eso es tan importante trabajar para cambiar este modelo. Una cosa es el respeto a las tradiciones y la cultura, que siempre debe existir por parte de cualquier organización extranjera que trabaje en un territorio, pero hay ciertos aspectos como el de la violencia que no se pueden admitir en ningún caso.

¿Ha cambiado esta experiencia tu perspectiva de cómo ves el periodismo?

Más que hacerme cambiar la perspectiva me ha ayudado a constatar lo que ya imaginaba. A pesar de que siempre había rechazado la idea de trabajar en un gabinete de comunicación porque me parecía dar voz sólo a una fuente y, por lo tanto, no tenía nada que ver con el periodismo, he comprobado que según qué fuente sea, en este caso la Fundación Vicente Ferrer, puede hacerte sentir que tu trabajo es más útil que el que hagas en un medio de comunicación tradicional. A pesar de eso, creo que con la crisis económica en España sí que han aparecido nuevos medios con bastante alcance que dan mucha más voz a los colectivos sociales, a las entidades sin ánimo de lucro y a las personas que quieren hablar de temas que realmente interesan a la sociedad.

Martha Dodem: “Las personas que nos visitan en Anantapur se van con la seguridad de que su aportación es decisiva”

Martha Dodem, de la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur, India

Martha Dodem

Martha Dodem recibe las visitas que llegan a la Fundación Vicente Ferrer (FVF) en la India y su labor es dar a conocer el trabajo que se realiza en terreno pero toda su familia está o ha estado vinculada a la Fundación y, por lo tanto, también su vida. Su padre trabajó como conductor en los inicios de la Fundación con Vicente Ferrer y su madre como asistenta en el campus, cuando éste contaba con apenas unas oficinas y viviendas. Su hermano Lancy trabaja ahora en actividades de sensibilización en España y su hermana Mary lo hace en el departamento financiero en Anantapur. Los tres han pasado su infancia en esta zona del sur de la India. . Martha se siente orgullosa del trabajo que la Fundación ha hecho en la zona, ya que ha sido testigo de cuánto ha evolucionado.

¿Qué significa para una mujer en la India rural tener un trabajo remunerado como es tu caso?

Es muy importante para mejorar la calidad de vida de las personas en las zonas rurales. Cuando una mujer puede acceder a la educación y a un puesto remunerado, consigue el respeto de toda la comunidad, lo que le ayuda a mejorar su autoestima y le proporciona independencia. En el sur de la India tenemos un dicho: “Una mujer que tiene educación y un trabajo da luz a la familia”, porque ella es fundamental en el núcleo familiar de la sociedad rural. Si una mujer ha tenido acceso a la educación, hará que sus hijos e hijas estudien para que puedan aspirar a una vida mejor.

¿Por qué empezaste a trabajar en la Fundación?

No puedo decir que empecé a trabajar aquí, más bien considero que nací aquí. Soy una hija de la Fundación Vicente Ferrer. Mi padre era conductor en los primeros años en los que Vicente Ferrer empezó su proyecto, y mi madre también empezó a trabajarcomo asistentacon Vicente y Anna Ferrer. Al nacer mis hermanos y yo, ella dejó de trabajar para ocuparse de nosotros pero cuando mi padre murió recuperó su empleo en la organización. Recuerdo que en ese momento no había mucha gente, la Fundación aún era muy pequeña. Desde el principio, la FVF se ocupó de mis estudios, como lo hacían con todos los hijos de los trabajadores. Cuando acabé el bachillerato, empecé a trabajar aquí y seguí estudiando en la universidad, pero a distancia. Así que podría decir que he crecido con la Fundación. Sigo aquí porque empecé a trabajar y salir a terreno con los colaboradores que venían de visita y pude entender el injusto sistema de castas. Los de casta baja no podían hablar con la gente, no podían cruzarse con ellos sin bajar la cabeza y quise involucrarme en el proyecto para erradicar esas diferencias.

¿Cuál ha sido tu trayectoria en la FVF?

Empecé trabajando como traductora con 19 años. Recibí formación en lengua castellana y traducía las cartas de los niños y niñas apadrinados. En total trabajé 12 años ahí, primero sólo traduciendo cartas y después también acompañando a los visitantes a que conocieran nuestros proyectos en el terreno. Después, me trasladaron al departamento de Secretaría y Atención al Visitante, que es donde estoy ahora.  Recibo a todos los colaboradores y visitantes para informarles y hago de nexo entre Anna Ferrer y el equipo de España, por lo que es imprescindible que, para que el trabajo salga bien, haya una buena coordinación.

¿Cómo es trabajar con Anna Ferrer?

 Cuando la persona que ocupaba mi puesto se fue, Anna me preguntó si quería sustituirle y yo le respondí: “Me puedes poner donde tú quieras, si crees que debo estar aquí, lo haré”. En realidad me puse muy contenta porque es un puesto bastante importante en la organización; recibo a todos los colaboradores y visitantes para informarles y hago de nexo entre Anna y el equipo de España, por lo que es imprescindible que, para que el trabajo salga bien, haya una buena coordinación.

Al principio admito que me daba mucho respeto porque venía de un trabajo en el que, ante los visitantes, yo era quien les enseñaba a ellos las cosas que ya sabía, pero en este nuevo puesto tuve que aprenderlo todo de Anna Ferrer y no sabía si iba a estar a la altura. Recuerdo que muchas veces me derrumbaba, porque soy una persona sensible, pero ella siempre me decía “Martha, tienes que ser fuerte” y me tranquilizaba.

¿Cómo es el contacto con los visitantes?

El primer contacto que tengo con ellos es cuando están en España. Sin embargo, al llegar aquí ven in situ la diferencia cultural y la mayoría me dice que venían con otra idea. No imaginaban que la Fundación fuera tan grande ni que llegara a tantos pueblos. Les emociona mucho hablar con las personas que se benefician de los programas cuando van a visitarlas y que les cuenten cómo ha cambiado su vida. Se van con la seguridad que su aportación es importante y decisiva.

¿Cómo ha cambiado la FVF en este tiempo?

Cuando era pequeña me explicaron que la Fundación empezó su trabajo apoyando sólo a 100 pueblos. Poco a poco, fueron ampliando el mapa de acción y se fueron desarrollando más programas y proyectos. Por ejemplo, antes había muchas casas de paja que quedaban destrozadas con las lluvias y no eran seguras pero ahora miles de personas han conseguido viviendas en buenas condiciones, básicas para su desarrollo. También es muy evidente el cambio en la sanidad. Los hospitales públicos no están bien equipados y la Fundación da servicio sanitario con precios asequibles.

Fuiste la primera trabajadora india del departamento de apadrinamiento que visitó España. ¿Qué impresión te causó?

Me quedé boquiabierta cuando llegué a España. Los edificios grandes, las carreteras amplias, todo limpio… eso sí, me llamó la atención que la gente fuera tan seria y con prisa por la calle, sobre todo entre semana, pero el fin de semana vi que se relajaban. Otra cosa que me sorprendió fue ver que las casas tienen agua corriente todo el día. Además, allí hay más libertad, las chicas pueden salir y entrar a cualquier hora, cosa que no pasa en la India. Fue la primera vez en mi vida que llegué a casa a las cuatro de la mañana sin estar acompañada.

15 años de formación en fisioterapia para atender a personas con discapacidad

Rajani tiene un hijo y una hija, y el varón sufre parálisis cerebral. “Tuve a mi hijo en casa y me desmayé durante el parto, lo cual lo complicó. El primer día no lloró y el segundo tuvo un ataque de epilepsia. Poco después le diagnosticaron la parálisis cerebral.”, explica esta joven madre. Desde hace tres años, cuando conoció el trabajo que lleva a cabo la FVF con niños con la misma discapacidad que su hijo, decidió formar parte del proyecto.

Fisios de Fisios Mundi impartiendo formación

Fisios de Fisios Mundi impartiendo formación

Rajani trabaja en el taller ortopédico de la localidad de Kadiri en el que fabrican prótesis y ofrecen sesiones de fisioterapia a niños con discapacidad además de formación a sus madres para que la sepan realizar en sus casas. Rajani es una de las nueve fisioterapeutas que han recibido este verano formación por parte de tres voluntarias españolas de Fisios Mundi, una ONG que colabora desde hace 15 años con la Fundación Vicente Ferrer (FVF) para formar a fisioterapeutas indios que trabajan con personas con discapacidad, para seguir ampliando sus conocimientos. Otro integrante de este grupo es Ranganayakulu quien, después de trabajar durante 27 años en una escuela de refuerzo de la FVF, decidió centrarse en el sector de personas con discapacidad. Hace ya quince años, la FVF le procuró una formación durante un año como fisioterapeuta y empezó a trabajar desplazándose por los pueblos. “En ese año aprendí el 30% de lo que sé ahora. El resto me lo han ido enseñando los fisioterapeutas de Fisios Mundi, que además cada año nos enseñan también las nuevas técnicas que se aplican en Occidente”.

Tras esa primera etapa como fisioterapeuta itinerante, Ranganayakulu empezó a trabajar en el centro de parálisis cerebral de la localidad Kuderu, en 2002 y en 2012 pasó al de la aldea de Kanekal. Como los otros ocho participantes en la formación anual de Fisios Mundi, él será el encargado después de transmitir a sus compañeros de centro la formación que ha recibido por parte de las tres fisioterapeutas voluntarias. “Me encanta mi trabajo porque veo cómo muchos niños mejoran. Algunos no podían comer sin ayuda cuando llegaban al centro y, después de unos meses, consiguen ser autosuficientes, llevar a cabo cualquier actividad cotidiana. Y no sólo les enseñamos habilidades básicas, también desarrollamos sus capacidades cognitivas a través de juegos. Es realmente gratificante”, ha explicado.

Fisios de Fisios Mundi impartiendo formación

Fisios de Fisios Mundi impartiendo formación

María José, Lourdes y Guadalupe son las tres voluntarias que este año han viajado a la India con Fisios Mundi. Han iniciado su voluntariado haciendo visitas a los centros de la Fundación para conocer cómo trabajan y qué técnicas aplican los fisioterapeutas. Tras esto, han formado con teoría y práctica durante quince días a los representantes de cada centro, nueve en total, para enseñarles las nuevas técnicas y ayudarles a profundizar en algunos de sus conocimientos, y después les han dado apoyo en los centros para asistir a la formación que ellos han ofrecido al resto de trabajadores, completando sus explicaciones y resolviendo dudas. Las últimas dos semanas las han dedicado a recorrer los centros para comprobar que todos los trabajadores están aplicando correctamente los conocimientos adquiridos.

Los fisioterapeutas que han recibido esta formación aseguran que han aprendido mucho, pero lo mismo dicen ellas: “Lo que más me ha sorprendido es lo bien que gestionan los recursos. Con muchos menos recursos, han conseguido que sus instalaciones no tengan nada que envidiar a lo que tenemos en España. Ver lo bien que realizan el trabajo de fisioterapia con tan poco es realmente impresionante”, asegura María José. Guadalupe coincide con María José y destaca la excelente gestión de los recursos, no sólo en fisioterapia “sino también en ortopedia. Teniendo aquí menos recursos, he visto prótesis mejores que algunas que hay de España. Estoy sorprendida y aprendiendo mucho de ellos, así que no sólo ellos están aprendiendo de nosotras”, concluye.

Fisios de Fisios Mundi impartiendo formación

Fisios de Fisios Mundi impartiendo formación

Por su parte, Lourdes destaca el buen nivel del grupo de fisioterapeutas y explica que lo que más le ha impresionado son  algunos casos de niños y niñas con discapacidad, que se podrían evitar o paliar con una detección más temprana del problema, y una mejor atención, tanto con sesiones de fisioterapia como con diferentes recursos ortopédicos y tecnológicos. “También hemos visto que en la India todavía se esconde a los menores con discapacidad, una tendencia que en nuestro país se ha ido revirtiendo en los últimos años”, lamenta.

 

 

Kavithamma Alukumta Vadde: “Mi familia me pidió que abandonara a mis hijos con discapacidad”

Kavithamma

Kavithamma

Kavithamma Alukumta Vadde se casó con un primo suyo por amor hace cinco años. Todo iba bien entre ellos tras haber tenido una hija con parálisis cerebral, pero la situación se volvió insostenible cuando nació su segundo hijo con la misma discapacidad. Toda la familia empezó a presionarla para que abandonara a sus hijos y continuara su vida con su marido, quien acabó por asumir también ese discurso. Ella, decidida a seguir al lado de los niños, se fue de casa y se refugió en el centro de parálisis cerebral de la Fundación Vicente Ferrer (FVF) en Bathalapalli, donde desde hace meses trabaja a cambio de recibir alojamiento y alimentación para ella y sus hijos

Con 18 años, Kavithamma se casó por amor con un primo hermano cinco años mayor que ella. Cuando nació su primera hija, no le alarmó que tardara en desarrollar algunas habilidades, puesto que en su comunidad le decían que algunos niños se desarrollan con un poco más de retraso que el resto. Sin embargo, cuando la niña tenía un año y medio sufrió un ataque de epilepsia y, tras hacerle diferentes pruebas en un hospital público, detectaron que había nacido con parálisis cerebral. La noticia fue un duro golpe para Kavithamma y su marido que, sin embargo, quisieron tener otro niño porque pensaron que la discapacidad de su primogénita había sido sólo cuestión de mala suerte; desconocían las altas probabilidades de dar a luz a un niño con discapacidad cuando la gestación se produce entre familiares, y en el hospital tampoco les informaron de esta circunstancia.

Su segundo hijo también nació con parálisis cerebral y significó la ruptura de la convivencia matrimonial. El marido de Kavithamma entró en una depresión y los trataba mal -tanto a los niños como a ella-. Alentado por su familia y también por la de ella, exigió a Kavithamma que abandonara a los niños para poder seguir a su lado. Pero ella se negó. Dada la situación, algunos vecinos le informaron de que existía el centro de parálisis cerebral en la localidad de Bathalapalli, donde podrían atender a los niños. Kavithamma decidió irse de casa. “Ni siquiera mi familia me apoyaba. Me decían que abandonara a mis hijos, que sólo eran una molestia y que no me iban a cuidar cuando me hiciera mayor, así que lo mejor que podía hacer era dejarlos en un centro y seguir mi vida con mi marido, sin tener más hijos. Pero yo no podía hacer eso, no les podía abandonar”, explica.  Se alojó en unas habitaciones comunitarias habilitadas para los familiares de las personas ingresadas del hospital que tiene la Fundación en el mismo recinto que el centro para niños con parálisis cerebral. Durante dos meses, instalada temporalmente allí y sin recursos económicos, pudo llevar a sus hijos al centro de parálisis cerebral y tuvo que alimentarlos –y alimentarse ella-  pidiendo ayuda a la gente que pasaba algunos días en esas habitaciones.

Un par de meses después, Kavithamma se vio con fuerzas de exponer su historia a trabajadores de la Fundación. Tras analizar su caso, la FVF resolvió que  la mujer residiera en una habitación en el centro de parálisis cerebral y que tanto ella como sus hijos recibieran una manutención gratuita a cambio de que ella colaborase en las tareas diarias del centro, una situación que le ha dado estabilidad y le está devolviendo poco a poco la confianza.

En la India rural y, concretamente en el estado de Andhra Pradesh, las discapacidades suponen una deshonra para la familia. Muchos niños son abandonados en la calle o los hospitales y otros pasan días enteros atados a la cama porque no los pueden atender y para mantenerlos ocultos a los ojos de la comunidad. Se los considera bocas que alimentar que no van a dar ningún beneficio a la familia. Ahora, Kavithamma lleva en el centro seis meses y asegura que está orgullosa de su decisión de quedarse apoyando a sus hijos. “Cuando decidí irme de casa me sentí muy sola”, admite la joven. “Además, mi marido me decía que era culpa mía que nuestros hijos hubieran nacido con discapacidad, y por eso nos trataba mal a los tres”.

Desde entonces, trabajadores de la FVF han tenido varias charlas con el marido de Kavithamma para concienciarle de los inconvenientes de la consanguinidad a la hora de tener descendencia y para que asuma que su mujer no tiene la culpa de la discapacidad de sus hijos. “Parece que lo ha entendido y ahora nos trata mejor. Paso un día a la semana con él en casa otra vez. Según cómo evolucione nuestra relación, podremos volver a ser una familia, pero de momento mi prioridad son mis hijos”.

Rajesh Naik: “Ser un niño apadrinado me ha permitido crear mi propia empresa”

Rajesh Naik, niño apadrinado de la Fundación Vicente Ferrer

Rajesh Naik

Rajesh creció en una pequeña aldea cercana a Guntakal, en el estado indio de Andhra Pradesh. Al ser hijo de campesinos, tenía difícil poder estudiar, ya que debía ayudar a sus padres. Sin embargo, el hecho de convertirse en un niño apadrinado de la Fundación Vicente Ferrer – lo fue desde los 11 hasta los 23 años – le permitió seguir sus estudios. Gracias a ello ha podido llegar a montar su propia empresa. Hace dos años empezó a comercializar productos ayurvédicos que manufactura su tía paterna. Además, recientemente ha patentado la marca para esos productos y ha ampliado el equipo de trabajo.

Rajesh creció en una pequeña aldea rodeado de campo y animales, ya que proviene de una familia campesina. “Mi padre siempre me ha dicho que, si no hubiera sido apadrinado, me habría puesto a trabajar con él en el campo al acabar décimo curso (con quince años), porque me necesitaba allí. Yo siempre le he echado una mano y aún a día de hoy sigo yendo un día por semana a ayudarle pero a mí lo que me gustaba era estudiar”.

Este joven emprendedor, que ahora tiene 27 años, asegura que lo tenía claro desde pequeño. “Siempre he querido montar un negocio, tener mi propia empresa y ser mi propio jefe. No tenía claro qué tipo de negocio tiraría adelante, pero sabía que quería emprender”, explica. Con ese objetivo en mente, entró en la universidad y cursó un M.B.A. (Master in Business Administration) que aprobó sin problemas y, tras esto, realizó un curso que ofrece el Gobierno para orientar a emprendedores. “Me he preparado a conciencia porque tenía muy claro que no quería trabajar para nadie, sino ganarme la vida de forma independiente”.

Empezó a trabajar en un banco en Hyderabad durante dos años y luego trabajó para otra entidad bancaria durante un año más en la ciudad costera de Vizag. Finalmente, con veinticinco años, decidió que era el momento de emprender su propio negocio y vio la oportunidad perfecta charlando con su tía paterna. Ésta se había formado en medicina ayurvédica, un antiguo sistema de medicina tradicional originario de la India, y le planteó empezar a manufacturar productos ayurvédicos para la cara y el cabello. Rajesh se mostró de acuerdo y le propuso comercializarlos. Así nació “All Nature” que el joven registró hace un par de meses pero que lleva dos años vendiéndose en decenas de tiendas de la zona.

“Poco a poco, el equipo ha ido creciendo y ya somos siete personas. Mi tía tiene a dos ahora a su cargo que fabrican los productos con ella y yo también he contratado a tres comerciales que me ayudan a dar a conocer el producto entre más tiendas de la zona”, explica orgulloso y, añade, “e incluso estamos trabajando ya para crear la página web de la empresa”.

El primer lote de productos que etiquetó con su nueva marca lo llevó a la FVF y se lo entregó a Moncho Ferrer. “Quise explicar a Moncho cómo había creado mi empresa y ofrecerle el primer lote de nuestros productos.  En mi caso, puedo decir que ser un niño apadrinado me ha permitido crear mi propia empresa”, concluye Rajesh con una sonrisa.

La emoción del encuentro entre un padrino y un niño apadrinado

Actualmente, unos 125.000 niños en el sur de la India y sus respectivas comunidades se benefician del sistema de apadrinamiento de la Fundación Vicente Ferrer. La contribución permite atención médica, material escolar y apoyo a los apadrinados y sus familias para que sean autosuficientes. Los padrinos están informados desde la India de su evolución, pero dos testimonios fueron más allá y se decidieron a visitarles en Anantapur para conocer de primera mano su realidad.

Cintia trabaja como maestra de primaria en un colegio de Barcelona desde hace ocho años. Conocía desde hacía tiempo el trabajo que la Fundación lleva a cabo en la India y hace cinco años decidió apadrinar un niño. Desde entonces ha recibido de forma regular sus cartas e información sobre los proyectos que se llevan a cabo gracias a su  pero tenía muchas ganas de conocer todo ese trabajo y a su niño apadrinado personalmente. Tras haber viajado ya por el norte de la India, esta vez se decidió por el sur para poder visitar a Sambasiva, el niño al que apadrinó y que ahora tiene 12 años. La familia de Sambasiva, compuesta por sus padres y dos hermanos menores, un niño y una niña, la recibió en la aldea de Meesalavandlapalli, en Kadiri, aunque, como es habitual, toda la comunidad se sumó al recibimiento y permaneció a una distancia prudencial observando cómo se desarrollaba la visita.

Cintia charla con Sambasiva y su hermana

Cintia charla con Sambasiva y su hermana

La joven maestra charló animadamente un buen rato con su apadrinado, que le iba contando cosas sobre su vida en la India. “Quiero ser policía”, explica Sambasiva, “pero no de los que van por el campo, sino que quiero estar en la ciudad. No me da miedo”. Parece que su hermano menor, de ocho años, seguirá sus pasos y su hermana, de seis, quiere ser maestra, como Cintia. Sus padres son campesinos, aunque él a veces combina ese trabajo con el de albañil en Anantapur para conseguir algo más de dinero.

Cintia y Sambasiva

Cintia y Sambasiva

En esta pequeña aldea a 20 km de Kadiri viven 300 personas pertenecientes a 130 familias y hay 29 niños apadrinados. Entre ellos el hermano menor de Sambasiva, que asegura que no conoce a su padrino “pero me gustaría mucho que viniera a visitarme y poder conocerle”, asegura.

Cintia charla con los niños del pueblo

Cintia charla con los niños del pueblo

La joven explica que haber conocido varios proyectos de la Fundación y a su niño apadrinado la ha motivado para ampliar su colaboración. “Recibo cartas del niño periódicamente, así como información de los proyectos, y siempre me ha parecido una organización muy transparente. Pero ahora que lo he comprobado personalmente, que he visto que mi dinero está en buenas manos, me gustaría colaborar también en el proyecto ”, comenta esta maestra catalana. Tras despedirse de ellos, Cintia continuará su viaje por el sur de la India y está convencida de que volverá a España con las pilas cargadas.

El encuentro Jon-Surendra

Jon trabajó  seis meses en la Fundación Vicente Ferrer como arquitecto voluntario entre 2012 y 2013 y, tras ver cómo los fondos que llegan al estado sureño de Andhra Pradesh a través de los apadrinamientos mejoran la vida de comunidades enteras, se decidió por apadrinar un niño y pidió que perteneciera al proyecto de VIH. “Este proyecto es el que más me llamaba la atención porque conocía el orfanato de VIH que hace años puso en marcha la Fundación e incluso a algunos de los niños que viven en él”. La Fundación le asignó a Surendra, un chico de 17 años que vive en la ciudad de Anantapur.

Ion comenta con Surendra un atlas geográfico

Ion comenta con Surendra un atlas geográfico

Surendra descubrió que estaba infectado por el virus del SIDA cuando tenía 8 años. Su padre, que trabajaba conduciendo un rickshaw (un pequeño motocarro que se utiliza como taxi en la India), sufrió un accidente y en el hospital detectaron que era seropositivo. Inmediatamente realizaron las pruebas a su mujer y a sus dos hijos y descubrieron que tanto él como su madre también tenían la enfermedad. Su hermana menor, que ahora tiene 13 años y estudia para ser dermatóloga, es la única que no está infectada por el virus. Ser seropositivo supone todavía un gran estigma en las comunidades rurales del sur de la India por lo que, en muchos casos, esta circunstancia pasa a ser un secreto familiar. La Fundación no apadrina niños en la ciudad de Anantapur, donde viven Surendra y su familia, ya que uno de los requisitos para beneficiarse de un apadrinamiento es que los padres sean trabajadores del campo, que son los que más dificultades tienen para ganarse la vida. Las únicas excepciones son los casos de VIH o discapacidad por lo que, a pesar de que lo habitual es que la familia del niño apadrinado reciba al padrino en casa, para salvaguardar la intimidad de esta familia el encuentro entre Jon y Surendra tuvo lugar en el campus principal de la Fundación.

Surendra comenta a Ion cómo es su día a día

Surendra comenta a Ion cómo es su día a día

El chico llegó acompañado de su madre y su hermana, ya que su padre ahora trabaja conduciendo un camión y pasa largas temporadas fuera de casa. Jon y Surendra empezaron a charlar y, tras muchas preguntas y otras tantas respuestas monosilábicas, ya que el chico estaba nervioso y mostraba una actitud tímida, el antiguo voluntario consiguió que el chico se relajase y explicase más cosas sobre él. “Me gusta mucho estudiar y quiero ir a la universidad para ser ingeniero civil y conseguir un buen trabajo”, asegura y añade que “eso sí, el deporte no es lo mío. Sólo me gusta verlo por la tele, pero practicarlo no”.

La hermana y la madre de Surendra estuvieron presentes durante el encuentro

La hermana y la madre de Surendra estuvieron presentes durante el encuentro

Jon dejó un trabajo poco motivador en España para hacer algo que le llenase más. “Siempre había tenido en mente la idea de salir de España y, concretamente, la India siempre me había llamado la atención. Pensé en la Fundación Vicente Ferrer y, cuando me llamaron, tuve el empujón que necesitaba para dejar mi país”. Él no tuvo que desplazarse tantos kilómetros como hacen otros padrinos para visitar a su niño apadrinado ya que, tras finalizar su voluntariado, encontró trabajo en la India y vive y trabaja en Delhi desde entonces. Sabe que cuando Surendra cumpla los 23 años y deje de estar apadrinado, él puede darse de baja, pero no lo hará. “Volveré a pedir que me asignen un niño del proyecto de VIH”, asegura.

Abdul Shaiksha: “La transparencia es el alma de los proyectos”

Abdul Shaiksha, Director de Cuentas en la Fundación Vicente Ferrer

Abdul Shaiksha, Director de Cuentas

Los números son su pasión y sabe que su trabajo es imprescindible para el correcto desarrollo de los proyectos y para mantener la confianza de los colaboradores. Para él, trabajar con gente española es muy fácil y asegura que le ha ayudado a conocer otra forma de hacer las cosas. Tras varios años trabajando para la Fundación Vicente Ferrer en puestos de base, consiguió, gracias a su esfuerzo y dedicación, un puesto de dirección. Se siente muy agradecido de dedicar su esfuerzo diario a colaborar con la Fundación y a mejorar la vida de miles de personas en el sur de la India. 

¿Cuál es tu función en la organización?

Soy Director de Cuentas, mi trabajo empieza cuando nos presentan el presupuesto de un proyecto, hacemos la previsión financiera, recibimos los fondos y los distribuimos entre las diferentes áreas involucradas. Tras esto, solicitamos los recibos de todos los gastos y preparamos los informes financieros para justificar el uso de los fondos ante los donantes. También participo en la elaboración de los informes que todas las ONG que están en la India necesitan presentar ante los ministerios de Interior y Finanzas del gobierno. Intento trabajar de manera que los donantes queden plenamente satisfechos, con transparencia, máxima calidad en los informes y con la utilización efectiva de los fondos.

¿Por qué escogiste este trabajo? 

Mi educación, tanto básica como superior, ha estado ligada al comercio y a la contabilidad. Hice un máster en comercio y un M.B.A. Como es un campo que siempre me ha interesado, realmente estoy disfrutando de todas las tareas que llevo a cabo actualmente. Además, trabajar con españoles, desde España y aquí con los voluntarios, me ayuda a mejorar. Por otro lado, trabajar en una ONG de desarrollo me aporta una gran satisfacción personal.

¿Es difícil coordinar a los equipos español e indio? ¿Hay mucha diferencia en la forma de trabajar de ambos? 

La verdad es que nunca he tenido ningún problema para coordinar ambos equipos. Desde el día que empecé tenía preparados los protocolos necesarios para que hubiera una buena coordinación y he comprobado que funcionan bastante bien. Además, tengo que decir que he recibido muchísimo apoyo por parte de ambos equipos. Especialmente me gustaría mencionar a las técnicas de proyectos españolas que trabajan en Anantapur, que me hacen el trabajo muy fácil y siempre están dispuestas a ayudar. Si les surge cualquier duda, vienen a verme y lo comentamos e igual cuando yo necesito su apoyo. Siempre están dispuestas a echar un cable y a mediar entre nosotros y España, por lo que no puedo estar más agradecido.

¿Cómo influye tu labor en los proyectos? 

Me responsabilizo de la formulación del proyecto, la preparación del presupuesto y el seguimiento de los gastos y de que la utilización de los fondos se haga con la máxima transparencia y calidad posible.. Esto es básico para el funcionamiento de la Fundación y por eso mi labor es tan importante, puesto que la financiación y la transparencia son el alma de los proyectos. Sin un presupuesto y un seguimiento de la inversión, no se podría seguir adelante. Por eso trabajamos cada día para mejorar los procesos y mantener la confianza de los colaboradores.

¿Cómo es posible manejar tanta información? ¿Qué características debe tener alguien en tu puesto? 

Una persona que quiera desempeñar esta labor debe tener experiencia en el campo financiero, una gran capacidad analítica y ser meticulosa, tener muchos conocimientos de auditoría y leyes locales y habilidades para la comunicación. También debe saber funcionar en equipo y ser leal a la organización.

¿Cuál ha sido tu trayectoria en RDT – Fundación Vicente Ferrer?

Comencé como contable durante cinco años. Mi esfuerzo se vio recompensado y fui promocionado para liderar un proyecto específico durante tres años. Allí desarrollé gran parte de mis habilidades de comunicación y gestión de informes. Después seguí formándome en liderazgo y dirección, lo que derivó en mi puesto actual.

 

Dos mil niños corren contra el hambre en Anantapur

Más de dos mil niños han participado en la carrera solidaria “Corre por Anantapur”, una iniciativa de Corazones Solidarios en Acción,  un grupo de voluntariado de la Fundación Vicente Ferrer en Granada, y el Club Deportivo Burgaleses en el Running. Desde España, los colaboradores han comprado los dorsales con los que han corrido los niños de Anantapur, en el estado sureño de Andhra Pradesh. Gracias a esta iniciativa se han recaudado 20.000 euros que se destinarán al programa de nutrición de la Fundación del que se benefician las tribus Chenchu.

Niñas corriendo en Anantapur

Niñas corriendo en Anantapur

Cada dorsal lucido por los niños y niñas durante la carrera “Corre por Anantapur” representaba una donación hecha desde España para colaborar en el programa nutricional para las tribus chenchu. La Fundación empezó a trabajar con ellas en 2009 y hace un año puso en marcha este programa del que se benefician más de 4.600 habitantes de 130 aldeas. El programa consiste en proporcionar a cada beneficiario 26 raciones de sopa de cereales, 8 de un cereal autóctono rico en hierro y 15 huevos al mes. Lo reciben las mujeres embarazadas y las que hace poco que han dado a luz, los niños de entre 1 y 4 años, los enfermos crónicos y la gente mayor. El coste medio mensual por beneficiario es de poco más de dos euros, por lo que con los 20.000 euros recaudados con la carrera solidaria se podrá alimentar durante un año a una cuarta parte de los habitantes de las aldeas chenchu que colaboran con la Fundación.

Niños corriendo en Anantapur

Niños corriendo en Anantapur

Durante cuatro horas, dos mil niños de decenas de colegios de Anantapur han desfilado por grupos y en fila india hacia la línea de salida de la pista de atletismo donde se ha celebrado la primera edición de la carrera solidaria “Corre por Anantapur”. Una vez dado el pistoletazo de salida, muchos han corrido en línea con sus compañeros, incluso algunos lo han hecho cogidos de la mano. “Para nosotras lo importante no es llegar las primeras, sino estar aquí participando”, explica Joshna, que cursa 9º en una escuela pública situada a 15 km de Anantapur ciudad. “Nos lo hemos pasado muy bien, hemos conocido a gente de otras escuelas y hemos hablado con ellos. Ha sido muy divertido”, concluye. Udaykiran, que estudia 8º en otra escuela secundaria, explica, tras cruzar la línea de meta, que “desde que nuestro profesor de Educación Física nos dijo que se iba a celebrar esta carrera, teníamos muchas ganas de venir. Ha sido como una excursión, hemos venido en autobús y ha sido muy divertido. Ahora cuando volvamos se lo explicaremos a nuestros compañeros del colegio y seguro que van a tener mucha envidia”, asegura sonriendo.

Niñas corriendo en Anantapur

Niñas corriendo en Anantapur

Durante todo el recorrido, los niños han contado con los gritos de ánimo de las decenas de voluntarios de Corazones Solidarios en Acción que han venido desde Granada para verles correr. “Me ha hecho muchísima ilusión ver correr al niño que llevaba mi dorsal. Es el 107 porque fui de las primeras que lo compró. Incluso me he puesto a correr con él durante unos metros para que me hicieran una foto”, cuenta una de esas voluntarias, Alba, que añade “creo que es fundamental que puedan practicar deporte, porque el sedentarismo provoca problemas de salud y además el deporte también es una herramienta educativa porque enseña disciplina y valores”. Muy emocionada también se encuentra otra de las voluntarias, Francisca, que asegura que “no tengo palabas… me ha sorprendido mucho la gente de la zona, su amabilidad, su bondad… el recibimiento en los pueblos cuando hemos ido a visitar los proyectos de la Fundación es increíble. Y aquí al ver al niño correr con mi dorsal me he emocionado. He corrido, me he hecho fotos con él… ¡Me ha encantado!”, explica.

Algunos voluntarios animaban a los niños y corrían con ellos algunos metros

Algunos voluntarios animaban a los niños y corrían con ellos algunos metros

La Presidenta de la agrupación de voluntarios Corazones Solidarios en Acción, Carmen Corpas, asegura que han trabajado mucho para recaudar estos fondos y es una gran satisfacción ver cómo ese trabajo se ha traducido en una mañana festiva para tantos niños. “Estoy emocionada… creo que no podría haber hecho más, porque no tenía tiempo material, pero al llegar aquí y ver esto siento que ha sido poco lo que hemos hecho. Ya estamos pensando en la segunda edición de la carrea y para el año que viene queremos que corran 5.000 niños”, comenta.

Niños esperando para correr en Anantapur

Niños esperando para correr en Anantapur

Mientras los niños esperan pacientes a que llegue su turno para colocarse en la línea de salida, interactúan con los voluntarios que van y vienen. “What is your name? (¿Cómo te llamas?)” es la pregunta obligada que todos los voluntarios deben responder cada vez que se acercan a ellos, por lo que lo repiten pacientemente una y otra vez. Algunos están más rato y se hacen fotos, ríen y juegan con ellos. Incluso un pequeño grupo de niños se irá del campo de atletismo habiendo aprendido a bailar “La Macarena”.

Patricia Verdugo: “El reto de la educación india es fomentar el espíritu crítico”

Patricia Verdugo

Patricia Verdugo

Después de hacer un voluntariado como profesora de idiomas en Nepal, le atrajo la idea de repetir la experiencia en Asia y escogió la India y la Fundación Vicente Ferrer. Colaborando como voluntaria, ha puesto sus 11 años de experiencia como profesora de idiomas en España al servicio de las chicas de Anantapur para que puedan encontrar trabajo y ser económicamente independientes. Con su labor, siente que influye de una manera activa en cambiar el futuro de estas mujeres. 

¿En qué consiste tu trabajo como voluntaria en la Fundación Vicente Ferrer (FVF)?

Doy clases de español y de inglés como segunda lengua a chicas que han acabado sus estudios universitarios. El objetivo es que puedan acceder al mercado laboral y que sean económicamente independientes y que eso suponga un verdadero cambio en sus vidas y una revolución social. Como la meta es conseguir un puesto de trabajo, también reciben formación para hacer entrevistas de empleo, para la búsqueda activa de trabajo y para que desarrollen habilidades comunicativas.

¿Cómo es dar clases en la India? ¿Has tenido que cambiar tu metodología con respecto a lo que se suele hacer en España?

Es diferente, sí. Por ejemplo, no puedo utilizar ningún libro de texto, porque no están adaptados al contexto de la India rural y de las necesidades de las alumnas que tengo ahora. Ellas no hacen viajes porque no tienen el poder adquisitivo que tienen mis alumnos en España. Por lo tanto, sus necesidades y sus intereses son distintos. Aunque siga utilizando la misma metodología, los temas que tratamos son diferentes. Por ejemplo, cuando propuse tratar el tema de la salud, las alumnas elaboraron un proyecto sobre remedios naturales y medicina ayurvédica, algo presente en su día a día y muy diferente al imaginario español.

También estuviste un mes dando clases en Nepal. ¿Fue muy diferente a lo que estás haciendo ahora en el sur de la India?

La diferencia principal con Nepal está en el tipo de alumnado. En Nepal estuve un mes dando clases de inglés en un orfanato a niños de entre cinco y doce años y tuve que adaptarme a sus necesidades: eran niños sin recursos que, aunque algunos tenían padres en el pueblo, apenas les veían. Por lo tanto, las necesidades que tenían no eran tanto de aprender un idioma sino más bien de cariño. Por eso daba clases de inglés pero eran más bien de apoyo y juegos para fomentar su integración.
Además, allí también formaba a un grupo de profesoras de primaria que querían mejorar su expresión oral y aprender la metodología de la enseñanza de idiomas en Occidente. Con ellas, daba clases de inglés pero siempre enfocadas a que vieran cómo yo las hago y que intentaran sacar ideas para emplearlas en sus propias clases.

¿Qué retos tiene por delante el sistema educativo indio?

En enseñanza de idioma, veo que la India rural se parece a la enseñanza en España hace quince años. Mientras que en España ahora la enseñanza está centrada en el alumno, en el sentido de que es el protagonista del proceso de aprendizaje y todo lo que se hace en la clase se basa en él, en sus intereses y sus necesidades… aquí todavía el centro de la clase es el profesor. El maestro lleva la clase y es el que opina, el que lleva la razón, el que hace las preguntas y el que da las respuestas. Mientras que en Occidente (en Europa en general y en Estados Unidos) el profesor ahora es más que nada un vehículo de conocimiento, en la India la imagen del profesor es la referencia.

¿En qué afecta eso al desarrollo de los alumnos como estudiantes y como personas?

Debido a la educación que reciben, los jóvenes no desarrollan demasiado su espíritu crítico. Creo que este es uno de los retos del sistema educativo indio. La causa es que no se les da la oportunidad de expresarse en clase, y por eso no están acostumbrados a tener que dar su opinión ni a participar activamente en clase. En este sentido, intento proponer actividades que desarrollen su participación. En el aula son simplemente receptores del conocimiento que les transmite el profesor y no elaboran una opinión propia.

¿Qué te ha aportado trabajar aquí en el ámbito profesional?

Profesionalmente lo mejor es seguir aprendiendo de los errores que se cometen en el aula, seguir teniendo interés por cambiar mi manera de dar clase. Al tener que adaptarme a nuevos contextos, me doy cuenta de cosas que podría hacer mejor, por lo que siempre se aprende y se está evolucionando. Cuando te enfrentas a un reto nuevo, aprendes cosas que tú pensabas que hacías bien pero que ves que se pueden mejorar.

¿Por qué decidiste trabajar como voluntaria?

Ya lo había hecho en España. Había sido voluntaria para Andalucía Acoge, que trabaja con inmigrantes, y siempre me había gustado ayudar a los demás, dar un poco de lo que yo he recibido. Pienso que soy una persona afortunada porque mis padres me han podido dar una educación y también creo que la educación es un motor de cambio para la sociedad y quiero contribuir a ello.

¿Qué es lo más satisfactorio de dar clases en la India?

Lo que me llevo es toda la gente que he conocido y los momentos en que una alumna viene y me dice que ha conseguido un trabajo. Me emociono y me alegro mucho por ellas, porque si no consiguieran ese puesto su vida sería completamente distinta.. Tienen mucha ilusión de romper barreras sociales, de salir de casa de sus padres, de ser independientes y de vivir su propia vida.

Nagalakshmi: “Trabajo para que mi comunidad deje de discriminar a las viudas”

La vida de Nagalakshmi cambió cuando enviudó. En la India, estas mujeres quedan relegadas y desprotegidas. A pesar de que el sati –la práctica ancestral que consiste en que la viuda se lance a la pira funeraria de su marido– está prohibido desde hace muchos años, la mayoría acaban muriendo en vida, ya que pasan a vivir marginadas por la sociedad e incluso en la indigencia. Son un símbolo de mal augurio y, por lo tanto, rechazadas por su comunidad. Sin embargo, en Andhra Pradesh la educación y el trabajo de los grupos de mujeres está empezando a dar sus frutos y algunas supersticiones en contra de las viudas se empiezan a suavizar. Según datos de 2001, en este estado viven tres millones de viudas.

Hace dos años, Nagalakshmi recibió una de las peores noticias que puede recibir una mujer en la India. Su marido había fallecido por un grave traumatismo craneoencefálico tras sufrir un accidente de moto, cuando volvía del trabajo. Ella sabía que acababa de ser condenada al ostracismo social, que es el destino de las mujeres viudas en la India. En su caso, además, la tristeza fue doble porque disfrutaba de un matrimonio feliz, algo no demasiado corriente en la India. “Él era muy buen hombre, no tenía vicios ni malos hábitos. Éramos realmente felices. Desde que falleció, cada día cuando cae el atardecer pienso en él. Le echo mucho de menos”, asegura la joven, que tiene unos 28 años (no puede asegurar su edad porque, como era habitual en esta zona años atrás, su nacimiento no fue registrado oficialmente). Llevaban 12 años casados y tenían tres hijas en común: Ghita, de diez años; Sujitha, de ocho; y Suppria, de siete.

Según manda la tradición en su comunidad, la mujer debe vestir un sari blanco desde que enviuda. Al noveno día de la muerte del marido se celebra el funeral y la viuda, ataviada con ese mismo sari, es engalanada con flores y joyas. Después, un hombre de la familia acompaña a las mujeres a un río o lago cercano y la viuda es despojada de todos los adornos, incluidos el talli – collar que lucen las mujeres casadas – y los anillos de los dedos del pie que indican que la mujer tiene marido. Mientras las mujeres se dedican a este ritual, los hombres rapan el pelo a los hijos, si el matrimonio los tuviera. Vestida sólo con el sari y despojada de cualquier ornamento, la viuda regresa con la familia a la casa donde se sirve la comida que más gustaba al marido, en su memoria. La mujer deberá vestir esa prenda durante tres días más como señal de luto.

A partir de ese momento, Nagalakshmi no salió prácticamente de casa en ocho meses. Vive en un pueblo de Bukkaraya, muy cerca de Anantapur, en una casa construida por la Fundación Vicente Ferrer (FVF) a la que se mudaron sus suegros para estar con ella tras el fallecimiento. Por suerte, la relación también era buena con la familia de su marido. Su suegra es uno de sus principales apoyos. “Nos llevamos muy bien”, asegura Nagalakshmi, “sé que puedo contar con mis suegros, así como con mi familia”. Gracias a su participación en el proyecto “De Mujer a Mujer” de la FVF, contaba con una búfala de la que extraía leche para venderla y, tras la muerte de su marido, pidió otro microcrédito para comprar otra. Así, puede llegar a ingresar unas 6.500 rupias al mes (unos 80 euros) mientras que, sin el apoyo de la Fundación, probablemente estaría trabajando en el campo como jornalera por mucho menos dinero que apenas le permitiría sobrevivir.

Aún y así, reconoce que su vida no será sencilla a partir de ahora. “Cuando vivía mi marido todo era más fácil, porque él se encargaba de trabajar y se ocupaba de algunas cosas de la casa que a mí se me dan peor”, relata la mujer. “Y, además, a partir de ahora sé que socialmente ya no soy aceptada”, añade. En la India, cruzarse con una viuda por la mañana es un mal augurio para el resto del día. “Me han insultado varias veces e intento que no me afecte, pero en muchas ocasiones me pongo triste”, lamenta Nagalakshmi.

En el shangham o grupo de mujeres, sin embargo, es diferente. Allí se siente más apoyada y comprendida. Además, su suegra es precisamente la lideresa del grupo, por lo que trabajan juntas para intentar cambiar esta imagen de las viudas. “Yo antes pensaba igual que el resto de la gente cuando veía a una viuda. Creía que era un mal augurio e intentaba no acercarme a ella. Pero al pasar al otro lado me he dado cuenta de que es una creencia que no tiene sentido. Personalmente he cambiado mi trato hacia las otras viudas, porque creo que las mujeres debemos apoyarnos”, explica Nagalakshmi. “He empezado a trabajar con mi suegra para concienciar al resto de mujeres y, por extensión, a la comunidad para que cambien su forma de pensar con respecto a ellas y evitar que sufran tanto”, explica orgullosa.

Nagalakshmi no se volverá a casar. Tiene tres hijas y eso la descarta como candidata para un futuro matrimonio. Al contrario que en el caso de los hombres, las mujeres sólo se vuelven a casar si no tienen hijos o si, como mucho, tienen uno. Es consciente de que pasará el resto de su vida sola, pero sacar adelante a sus tres hijas y luchar para que la comunidad acepte a las mujeres viudas son dos objetivos que le dan fuerzas para seguir adelante.

Becas de estudios para combatir el trabajo infantil

Estudiantes realizando el examen para conseguir la beca

Estudiantes realizando el examen para conseguir una beca

En la India rural, el índice de niños y niñas que abandonan los estudios para trabajar casi triplica al de las zonas urbanas. Según un estudio elaborado por UNICEF en 2010, mientras que en las ciudades hay múltiples causas que dan lugar al trabajo infantil, en las zonas rurales éste se da básicamente para ayudar al sustento de la familia. La principal herramienta para combatirlo es el apoyo educativo. Hoy se celebra el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, que este año pone el acento en las medidas de protección social para mantener a la infancia alejada del trabajo.

Las zonas rurales de la India son en las que el trabajo infantil tiene más incidencia, puesto que un 9% de niños se dedican a trabajar, frente al 3,5% de las zonas urbanas. En concreto, el estado sureño de Andhra Pradesh ha experimentado un progreso considerable en la reducción del trabajo infantil en las últimas décadas. Entre 1994 y 2005 el empleo infantil entre siete y catorce años se redujo a la mitad, de un 13% a un 6,6%, pero sigue doblando la media india, que en 2005 quedó en un 3,3%. Además, en Andhra Pradesh -zona de influencia de la Fundación Vicente Ferrer (FVF)-, se replica e incluso se supera el modelo de la India, donde las niñas son las más perjudicadas por el trabajo infantil. Así, la proporción es más elevada para ellas que para ellos, ya que casi un 9% de niñas sólo trabajaba en 2005, frente a menos de un 7% de niños.

Una herramienta eficaz de lucha contra el trabajo infantil son las becas educativas. Consciente de la importancia de una buena formación para aspirar a un futuro mejor, la FVF lleva a cabo desde 2004 un programa de becas para que los alumnos con mejor rendimiento escolar puedan dar continuidad a sus estudios en centros escolares privados con internado, que les ofrecerán una buena formación y harán de bisagra y de elemento de motivación de cara a su posible ingreso en la universidad. Estos días, la FVF ha otorgado las 280 becas correspondientes a este curso escolar, de las que 10 se reservan para estudiantes procedentes de las tribu chenchu (que viven en el bosque de Nallamalla, en el centro de Andhra Pradesh) escogidos directamente entre los que han obtenido las mejores calificaciones y 5 becas más para afectados y/o infectados por el virus del VIH. “Es importante que las familias vean que hay una posibilidad para que sus hijos cursen estudios de bachillerato y de que incluso puedan acceder después a la universidad, porque si no abandonarán el sistema educativo en cualquier momento de la Primaria o la Secundaria”, ha explicado Chandra, director del sector de Educación de la Fundación.

Estudiantes realizando el examen para conseguir una beca

Estudiantes realizando el examen para conseguir una beca

Gracias a las becas, esos chicos y chicas no se convertirán -mientras estudian- en una carga económica para sus familias, que tienen pocos recursos y están necesitadas de mano de obra para las tareas del campo y otras actividades. Además, los becados pasan a convertirse en una posibilidad real de que sus familias salgan de la pobreza, si logran acabar sus estudios universitarios y conseguir un buen trabajo. Ante esa perspectiva, unos 2.000 estudiantes han abarrotado estos días una escuela de la Fundación en Anantapur en la que ha tenido lugar una prueba de matemáticas y ciencias, mediante la cual se escogerá a los becados. Entre ellos se encontraban C. Sindu y Oblesh, que tienen 15 años y el sueño de conseguir un trabajo que les permita una vida mejor. Llevan una semana preparándose el examen y sólo esperan que los nervios no les jueguen una mala pasada. “Quiero conseguir esta beca porque sé que me proporcionará un futuro mejor. El centro al que accedería ofrece una formación con un nivel muy alto y llegas muy bien preparado para acceder a la universidad”, asegura C. Sindhu, una chica con una meta clara: “me gustaría ser cardióloga”.

C. Sindhu haciendo el examen

C. Sindhu haciendo el examen

Menos decidido está Oblesh, quien asegura que le gustaría ser ingeniero, aunque todavía no sabe de qué. “Lo pensaré cuando llegue a la universidad”, explica. Este chico asegura que agradece mucho la oportunidad de conseguir una de estas becas. “Si no la consigo, seguiré estudiando pero en una escuela del Gobierno, por lo que tendré menos probabilidades de entrar en una buena universidad”.

Oblesh haciendo el examen

Oblesh haciendo el examen

Todos los aspirantes cumplen el requisito mínimo de haber obtenido más de un 8,7 sobre 10 de media en décimo curso (unos 15 años). La calificación que obtengan en este examen hará media con su nota de décimo curso y de ahí se obtendrá la evaluación final. Con la clasificación definitiva en la mano, técnicos de la FVF comprobarán los recursos de las familias para asegurarse de que esta ayuda educativa se centra en los que verdaderamente no pueden costearse los estudios preuniversitarios.

Estudiantes realizando el examen para conseguir una beca

Estudiantes realizando el examen para conseguir una beca

A las puertas del recinto donde se ha llevado a cabo el examen, esperaban centenares de familiares. Somashekar, padre de una alumna que aspira a la beca, asegura que para su familia es muy importante que su hija la consiga porque quiere “que tenga mejores perspectivas de vida”, y para ellos sería muy difícil mantenerla estudiando en caso de no recibirla. “Para que un hijo siga estudiando en un buen colegio tras acabar décimo curso, las familias tienen que endeudarse, porque supone invertir entre 60.000 y 70.000 rupias al año (entre 730 y 850 euros)”, argumenta. Somashekar quiere que su hija aspire a un futuro mejor del que ha tenido él.

Familiares esperando a que termine el examen

Familiares esperando a que termine el examen

Algo muy similar explica Girija, cuyo hijo, que también se encontraba haciendo el examen, quiere ser ingeniero. “Yo soy viuda y no puedo permitirme pagarle una educación mejor. Si no consigue la beca irá a una escuela del Gobierno, pero no saldrá tan bien formado”, asegura esta mujer. Girija también tiene una hija que estudia noveno curso. “El año que viene también aspirará a conseguir esta beca. Si no la consigue, no podrá seguir estudiando; se casará”, se lamenta.

Mahalakshmi: “Gracias a una operación de corazón puedo pensar en el futuro sin miedo”

Los padres de Mahalakshmi, una niña apadrinada de 12 años que vive en una de las zonas menos desarrolladas del sur de Andhra Pradesh, solicitaron ayuda a la Fundación para salvar su vida. La niña necesitaba una operación de corazón, inasequible para ellos, una familia de casta baja y sin recursos económicos. La Fundación costeó la intervención de Mahalakshmi, que ahora sueña con una vida normal y con ser médico para salvar la vida de otros igual que salvaron la suya.

Mahalakshmi

Mahalakshmi

 La época de lluvias era una pesadilla para Mahalakshmi. Desde los seis años sufría taquicardias frecuentes cuando llegaban los monzones, debido a la humedad, aunque sus padres, de casta baja y analfabetos, no consideraban que fuera algo tan importante como para llevarla al médico. Hasta que un día, hace cuatro años, a una habitual taquicardia se le sumó un episodio de fiebre alta. Asustados, reunieron todos sus ahorros para llevar a su hija a dos hospitales privados de la zona, donde las pruebas no arrojaron un diagnóstico claro. En el estado indio de Andhra Pradesh, los hospitales públicos cuentan con una importante falta de recursos y los privados no dedican toda la atención y recursos necesarios a las personas de las castas más bajas.

Frustrados por no saber qué más podían hacer para ayudar a su hija y sin más recursos económicos, pusieron el caso en conocimiento de la organizadora de la comunidad de la Fundación Vicente Ferrer (FVF), que la derivó al Hospital de Bathalapalli, donde le diagnosticaron una enfermedad congénita del corazón. “Tenía una hemorragia interna, sangre en el pulmón y la sangre no se depuraba bien, según me dijeron”, explica Mahalakshmi. Requería una operación de urgencia “porque vieron que tenía un agujero en el corazón”, así que la trasladaron a un hospital de la capital estatal, Hyderabad, para ser operada de urgencia, una intervención que costeó la Fundación.

Mahalakshmi

Mahalakshmi

“Estuve un mes ingresada en el hospital después de la operación. Los primeros 15 días los pasé en cama y durante las otras dos semanas hice rehabilitación. Me aburría mucho de estar allí todo el día”, recuerda la joven. Aunque no todo fue tiempo libre. Antes de la operación, Mahalakshmi estudiaba séptimo curso en un internado de la zona de Madakasira. “Mi profesora, a través de mi hermano, que es dos años mayor que yo, me enviaba al hospital apuntes para que estudiara y ejercicios para que fuera siguiendo el ritmo de la clase. Cuando los acababa, se los daba a mi hermano y, al cabo de unos días, él me los devolvía corregidos”.

Después de cuatro años de seguimiento médico, el mes que viene, Mahalakshmi volverá al hospital para saber si le dan definitivamente el alta médica. Aún y así, de momento tiene algunas crisis de asma en la época de lluvias que soluciona con un inhalador y también algunos episodios de fiebre para los que toma una medicación específica que le facilita la organizadora de la comunidad.

Enseñando las fotos a Mahalakshmi

Enseñando las fotos a Mahalakshmi

A esta niña de mirada alegre le encanta jugar al pilla-pilla. “Me han dicho que cuando me recupere del todo me cansaré menos jugando; antes me cansaba mucho por el problema del corazón. Pensar eso me pone muy contenta”. Y aunque ella, con sólo 12 años, celebra las perspectivas de salud y diversión, todavía no es del todo consciente de lo que supondrá este avance para el resto de su vida. De momento, sobre su futuro sólo sabe que quiere “seguir estudiando y ser médico”“Me encantan las ciencias y normalmente saco un 48 sobre 50 en los exámenes”, añade orgullosa, aunque asegura que esta vocación no le viene de su propia experiencia, sino que “quería estudiar medicina desde pequeña”.

Mahalakshmi y sus padres

Mahalakshmi y sus padres

A pesar de ser niña y haber sufrido esta cardiopatía, Mahalakshmi cuenta con el apoyo de sus padres, algo que no es tan habitual en la India: “Ellos dicen que quieren que siga estudiando para tener una buena profesión con la que ganarme bien la vida. No quieren que viva como ellos, que son analfabetos y no han tenido muchas opciones de futuro”.

La lucha contra la sequía en pleno verano

En la zona de Madakasira, una de las más pobres y áridas del estado de Andhra Pradesh, el trabajo de la Fundación Vicente Ferrer contra la sequía ha empezado a dar sus frutos, especialmente palpables en estos días calurosos y sin lluvias. Ya se han construido quince presas y decenas de familias disfrutan de los beneficios del riego gota a gota.

El estado de Andhra Pradesh es uno de los más secos de la India y la carencia de infraestructuras hídricas hace muy difícil aprovechar el agua de la lluvia. Los monzones o época de lluvias se alargan de mayo a octubre, pero es solo durante dos meses cuando llueve de forma significativa. Después, no vuelve a caer prácticamente ni una gota de agua hasta la siguiente temporada, por lo que la tierra queda seca y al borde de la desertización.

Sequía en Madakasira

Sequía en Madakasira (C) Nina Tramullas

En una de las regiones más deprimidas de Andhra Pradesh, Madakasira (ubicada al sur del estado), se da además la circunstancia de que la poca agua almacenada en el subsuelo se encuentra a entre 1,8 y 3 km de profundidad, ya que es una zona más elevada que Anantapur y, además, con la tierra más seca. A esa profundidad, el agua tiene unos niveles de cloro muy altos, lo que la convierte en no apta para consumo humano. En general, es una zona de pocas lluvias, unos 540 mm3 de media al año, pero desde hace 13 años la media ha bajado hasta los 300 mm3.

Hace tres años la Fundación Vicente Ferrer (FVF) empezó a trabajar en esta zona a través de varios proyectos. Por un lado, se han construido quince presas en la zona de Madakasira y se está estudiando la construcción de otras dos. Una de ellas está en Rolla y de ella se abastecen más de 1.000 familias de tres pueblos diferentes. “Gracias a esta presa, el agua de la lluvia se almacena y se filtra hacia el subsuelo, convirtiéndose en agua potable porque que no tiene flúor”, explica el responsable del sector de Ecología de la Fundación de esta zona, Ramakrishna. “Además, mantener el subsuelo húmedo permite ampliar la cosecha y poder cultivar también en la época de verano, ya que de otra manera estaría totalmente seco”, argumenta bajo un sol de justicia.

Presa en Rolla

Presa en Rolla (C) Nina Tramullas

Para repartir equitativamente el agua que se ha conseguido almacenar en las presas, el responsable de Ecología sostiene que está estudiando construir una tubería para recoger el agua desembalsada de otra presa ubicada a dos kilómetros. “El mes que viene empezaremos a hablar con los campesinos que poseen las tierras por donde debería pasar la tubería que traerá el líquido hasta aquí”, asegura Ramakrishna, con una presa vacía como telón de fondo.

Por otro lado, se ha implementado el sistema automático de riego gota a gota, del que se están beneficiando ya unas 3.000 familias en la zona, quienes lo utilizan, sobre todo, para el cultivo de morera. El coste de la instalación del sistema ronda las 65.000 rupias, unos 800 euros, y las familias beneficiarias se hacen cargo de un simbólico 10%.

Cultivos en madakasira

Cultivos (C) Nina Tramullas

En la aldea de Pedapalli, Narasaiah y su mujer Thimmakka, se han beneficiado de una de esas instalaciones. “Antes teníamos que aprovechar las horas en las que había electricidad para bombear el agua y regar el acre (unos 4.000 m2) que teníamos plantado. Llenábamos los canales de tierra uno a uno y, cuando había uno de los frecuentes cortes de electricidad, no quedaba más remedio que volver a casa e ir volviendo al campo a probar suerte y comprobar si había vuelto la luz”, explica Narasaiah; a lo que su mujer añade: “con este sistema es mucho mejor porque, al ser automático, se pone en marcha cuando hay luz. Y, como el agua circula por todas las mangueras para ir saliendo gota a gota junto a las raíces, Narasaiah se ahorra todo ese trabajo manual de regar los canales y puede estar más tiempo en casa, ayudando con otras tareas”, celebra Thimakka.

Cultivos de Morera en Madakasira  (C) Nina Tramullas

Cultivos de morera en Madakasira (C) Nina Tramullas

Además, al mezclar el abono con el agua en el tanque en vez de en la tierra, también ganan tiempo y optimizan los recursos, tanto por el aprovechamiento del abono como por el del agua, ya que al salir gota a gota se necesita menos cantidad y está mejor dirigida. Gracias al aumento del caudal subterráneo conseguido con las presas, “ahora podemos tener 3 cultivos de morera al año en vez de dos, y además son de mayor calidad”. El acre de morera cultivado les reporta 250 kilos de gusanos de seda y cada kilo lo venden por 500 rupias, unos 6 euros.

Solo en esa zona hay 95 familias que cultivan 64 acres de tierra entre moreras y verduras, ya que la gente de ese área vive de la agricultura. La Fundación tiene muchas otras peticiones de sistemas de riego por goteo, pero la implantación de bombas tiene que ir acompañada de lluvias para evitar resecar el subsuelo.