Cuando Kavita pudo escapar de los malos tratos

Después de 18 años de matrimonio y tres hijos en común, Kavita (nombre ficticio) empezó a ser víctima de malos tratos por parte de su marido, tras haberse trasladado a vivir a una gran ciudad para disfrutar de un trabajo mejor. Según explica esta mujer, su suegra “se opuso al cambio del pueblo a la ciudad desde un principio”. En la India, cuando una mujer se casa, en la mayoría de casos mediante un matrimonio concertado y previo pago de una dote por parte de la familia de la novia, pasa a vivir con la familia de su marido y se le acostumbran a asignar la mayoría de las tareas de la casa. “Mi suegra no soportaba tener que encargarse ella sola de la casa y tampoco le gustaba que viviéramos cerca de mi hermana. Quería que su hijo viviera con ella”, relata. “Por eso empezó a convencerle de que en la ciudad yo estaba siendo infiel. Al principio él no le hizo caso, pero empezó a sospechar de mí y a pegarme”.

Trabajadores de la FVF atendiendo a una mujer

Trabajadores de la FVF atendiendo a una mujer

Fue en ese momento cuando Kavita decidió regresar al pueblo de su marido para evitar los celos. Pero los malos tratos no cesaron. “Seguía siendo muy celoso, me pegaba tanto que en una de las palizas me rompió un brazo y algunos dientes. A veces me decía que le diera tiempo, que iba a cambiar, pero siempre volvía a pasar lo mismo. Estuvimos nueve meses así, hasta que decidió dejar su trabajo en la ciudad para vigilarme todo el día. Empezó a gastar nuestros ahorros para comprar comida, pero sólo comía él y no nos daba a mi hija ni a mí. Al poco tiempo decidí acudir al Centro de Asesoramiento de la Fundación”, narra Kavita, que desde hace dos meses vive en la aldea de uno de sus cinco hermanos, donde ha alquilado una pequeña casa y trabaja como jornalera.

Gracias al trabajo de la Fundación Vicente Ferrer (FVF), ha recibido apoyo económico y jurídico y ha denunciado el caso ante la policía, que detuvo a su marido y estuvo en la cárcel durante una semana. Al salir, Kavita le explicó que tenía dos opciones: cambiar de actitud, dejar de agredirla y volver a reunir a su familia; o pagarles una manutención si decidía separarse. De momento, su marido ha decidido iniciar la rehabilitación para ser capaz en el futuro de respetar a su mujer y vivir juntos de nuevo.

La mejor solución
En una sociedad patriarcal como la india, divorciarse o enviudar supone un enorme perjuicio para una mujer, que pasa a no tener ningún valor social. Lo más habitual es que la rechacen tanto la comunidad como la propia familia y que no vuelva a casarse. La probabilidad de rehacer su vida se vuelve aún más remota si ella tiene hijos, como es el caso de Kavita. Por eso, el Centro de Asesoramiento busca la mejor solución para las mujeres de acuerdo al contexto, y a menudo pasa por la rehabilitación del marido y la familia.

Sakunthala es coordinadora del Centro de Asesoramiento de la Fundación en la localidad de Dharmavaram. Atiende personalmente todos los casos que llegan al centro con la ayuda de otros tres trabajadores. “Visitamos los pueblos para dar charlas de concienciación sobre la importancia de luchar contra la violencia de género. Les damos los números de teléfono móvil de los trabajadores de la Fundación para que cualquiera, aunque no sea la propia afectada, acuda a nosotros para denunciar un caso”, explica Sakunthala.

“Nosotros no podemos imponer una decisión a ninguna mujer. Ha de ser la víctima, una vez que le damos apoyo psicológico y le explicamos las opciones que tiene, la que decida. En los casos más extremos, cuando se añaden problemas como el alcoholismo y el marido no atiende a razones, las podemos atender temporalmente en nuestra casa de acogida de Bathalapalli”.

Chennareddy, que trabaja junto a Shakuntakla, tiene un gran reto al ser hombre en un terreno copado por las mujeres. “Tengo que trabajar mucho la relación no sólo con las mujeres sino con toda la familia. Si un marido ve que sólo hablo con la mujer puede ocasionar un episodio de violencia por pensar que mis intenciones son otras”, explica. Chennareddy, sin embargo, sortea este obstáculo gracias a la ilusión que pone en su trabajo. “He vivido situaciones de violencia dentro de mi familia y he sufrido mucho por ello. Por eso escogí este trabajo, porque la mayor recompensa para mí es el ‘gracias’ de una mujer a la que hemos ayudamos a mejorar su vida”.

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