Martha Dodem: “Las personas que nos visitan en Anantapur se van con la seguridad de que su aportación es decisiva”

Martha Dodem, de la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur, India

Martha Dodem

Martha Dodem recibe las visitas que llegan a la Fundación Vicente Ferrer (FVF) en la India y su labor es dar a conocer el trabajo que se realiza en terreno pero toda su familia está o ha estado vinculada a la Fundación y, por lo tanto, también su vida. Su padre trabajó como conductor en los inicios de la Fundación con Vicente Ferrer y su madre como asistenta en el campus, cuando éste contaba con apenas unas oficinas y viviendas. Su hermano Lancy trabaja ahora en actividades de sensibilización en España y su hermana Mary lo hace en el departamento financiero en Anantapur. Los tres han pasado su infancia en esta zona del sur de la India. . Martha se siente orgullosa del trabajo que la Fundación ha hecho en la zona, ya que ha sido testigo de cuánto ha evolucionado.

¿Qué significa para una mujer en la India rural tener un trabajo remunerado como es tu caso?

Es muy importante para mejorar la calidad de vida de las personas en las zonas rurales. Cuando una mujer puede acceder a la educación y a un puesto remunerado, consigue el respeto de toda la comunidad, lo que le ayuda a mejorar su autoestima y le proporciona independencia. En el sur de la India tenemos un dicho: “Una mujer que tiene educación y un trabajo da luz a la familia”, porque ella es fundamental en el núcleo familiar de la sociedad rural. Si una mujer ha tenido acceso a la educación, hará que sus hijos e hijas estudien para que puedan aspirar a una vida mejor.

¿Por qué empezaste a trabajar en la Fundación?

No puedo decir que empecé a trabajar aquí, más bien considero que nací aquí. Soy una hija de la Fundación Vicente Ferrer. Mi padre era conductor en los primeros años en los que Vicente Ferrer empezó su proyecto, y mi madre también empezó a trabajarcomo asistentacon Vicente y Anna Ferrer. Al nacer mis hermanos y yo, ella dejó de trabajar para ocuparse de nosotros pero cuando mi padre murió recuperó su empleo en la organización. Recuerdo que en ese momento no había mucha gente, la Fundación aún era muy pequeña. Desde el principio, la FVF se ocupó de mis estudios, como lo hacían con todos los hijos de los trabajadores. Cuando acabé el bachillerato, empecé a trabajar aquí y seguí estudiando en la universidad, pero a distancia. Así que podría decir que he crecido con la Fundación. Sigo aquí porque empecé a trabajar y salir a terreno con los colaboradores que venían de visita y pude entender el injusto sistema de castas. Los de casta baja no podían hablar con la gente, no podían cruzarse con ellos sin bajar la cabeza y quise involucrarme en el proyecto para erradicar esas diferencias.

¿Cuál ha sido tu trayectoria en la FVF?

Empecé trabajando como traductora con 19 años. Recibí formación en lengua castellana y traducía las cartas de los niños y niñas apadrinados. En total trabajé 12 años ahí, primero sólo traduciendo cartas y después también acompañando a los visitantes a que conocieran nuestros proyectos en el terreno. Después, me trasladaron al departamento de Secretaría y Atención al Visitante, que es donde estoy ahora.  Recibo a todos los colaboradores y visitantes para informarles y hago de nexo entre Anna Ferrer y el equipo de España, por lo que es imprescindible que, para que el trabajo salga bien, haya una buena coordinación.

¿Cómo es trabajar con Anna Ferrer?

 Cuando la persona que ocupaba mi puesto se fue, Anna me preguntó si quería sustituirle y yo le respondí: “Me puedes poner donde tú quieras, si crees que debo estar aquí, lo haré”. En realidad me puse muy contenta porque es un puesto bastante importante en la organización; recibo a todos los colaboradores y visitantes para informarles y hago de nexo entre Anna y el equipo de España, por lo que es imprescindible que, para que el trabajo salga bien, haya una buena coordinación.

Al principio admito que me daba mucho respeto porque venía de un trabajo en el que, ante los visitantes, yo era quien les enseñaba a ellos las cosas que ya sabía, pero en este nuevo puesto tuve que aprenderlo todo de Anna Ferrer y no sabía si iba a estar a la altura. Recuerdo que muchas veces me derrumbaba, porque soy una persona sensible, pero ella siempre me decía “Martha, tienes que ser fuerte” y me tranquilizaba.

¿Cómo es el contacto con los visitantes?

El primer contacto que tengo con ellos es cuando están en España. Sin embargo, al llegar aquí ven in situ la diferencia cultural y la mayoría me dice que venían con otra idea. No imaginaban que la Fundación fuera tan grande ni que llegara a tantos pueblos. Les emociona mucho hablar con las personas que se benefician de los programas cuando van a visitarlas y que les cuenten cómo ha cambiado su vida. Se van con la seguridad que su aportación es importante y decisiva.

¿Cómo ha cambiado la FVF en este tiempo?

Cuando era pequeña me explicaron que la Fundación empezó su trabajo apoyando sólo a 100 pueblos. Poco a poco, fueron ampliando el mapa de acción y se fueron desarrollando más programas y proyectos. Por ejemplo, antes había muchas casas de paja que quedaban destrozadas con las lluvias y no eran seguras pero ahora miles de personas han conseguido viviendas en buenas condiciones, básicas para su desarrollo. También es muy evidente el cambio en la sanidad. Los hospitales públicos no están bien equipados y la Fundación da servicio sanitario con precios asequibles.

Fuiste la primera trabajadora india del departamento de apadrinamiento que visitó España. ¿Qué impresión te causó?

Me quedé boquiabierta cuando llegué a España. Los edificios grandes, las carreteras amplias, todo limpio… eso sí, me llamó la atención que la gente fuera tan seria y con prisa por la calle, sobre todo entre semana, pero el fin de semana vi que se relajaban. Otra cosa que me sorprendió fue ver que las casas tienen agua corriente todo el día. Además, allí hay más libertad, las chicas pueden salir y entrar a cualquier hora, cosa que no pasa en la India. Fue la primera vez en mi vida que llegué a casa a las cuatro de la mañana sin estar acompañada.

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