Nagalakshmi: “Trabajo para que mi comunidad deje de discriminar a las viudas”

La vida de Nagalakshmi cambió cuando enviudó. En la India, estas mujeres quedan relegadas y desprotegidas. A pesar de que el sati –la práctica ancestral que consiste en que la viuda se lance a la pira funeraria de su marido– está prohibido desde hace muchos años, la mayoría acaban muriendo en vida, ya que pasan a vivir marginadas por la sociedad e incluso en la indigencia. Son un símbolo de mal augurio y, por lo tanto, rechazadas por su comunidad. Sin embargo, en Andhra Pradesh la educación y el trabajo de los grupos de mujeres está empezando a dar sus frutos y algunas supersticiones en contra de las viudas se empiezan a suavizar. Según datos de 2001, en este estado viven tres millones de viudas.

Hace dos años, Nagalakshmi recibió una de las peores noticias que puede recibir una mujer en la India. Su marido había fallecido por un grave traumatismo craneoencefálico tras sufrir un accidente de moto, cuando volvía del trabajo. Ella sabía que acababa de ser condenada al ostracismo social, que es el destino de las mujeres viudas en la India. En su caso, además, la tristeza fue doble porque disfrutaba de un matrimonio feliz, algo no demasiado corriente en la India. “Él era muy buen hombre, no tenía vicios ni malos hábitos. Éramos realmente felices. Desde que falleció, cada día cuando cae el atardecer pienso en él. Le echo mucho de menos”, asegura la joven, que tiene unos 28 años (no puede asegurar su edad porque, como era habitual en esta zona años atrás, su nacimiento no fue registrado oficialmente). Llevaban 12 años casados y tenían tres hijas en común: Ghita, de diez años; Sujitha, de ocho; y Suppria, de siete.

Según manda la tradición en su comunidad, la mujer debe vestir un sari blanco desde que enviuda. Al noveno día de la muerte del marido se celebra el funeral y la viuda, ataviada con ese mismo sari, es engalanada con flores y joyas. Después, un hombre de la familia acompaña a las mujeres a un río o lago cercano y la viuda es despojada de todos los adornos, incluidos el talli – collar que lucen las mujeres casadas – y los anillos de los dedos del pie que indican que la mujer tiene marido. Mientras las mujeres se dedican a este ritual, los hombres rapan el pelo a los hijos, si el matrimonio los tuviera. Vestida sólo con el sari y despojada de cualquier ornamento, la viuda regresa con la familia a la casa donde se sirve la comida que más gustaba al marido, en su memoria. La mujer deberá vestir esa prenda durante tres días más como señal de luto.

A partir de ese momento, Nagalakshmi no salió prácticamente de casa en ocho meses. Vive en un pueblo de Bukkaraya, muy cerca de Anantapur, en una casa construida por la Fundación Vicente Ferrer (FVF) a la que se mudaron sus suegros para estar con ella tras el fallecimiento. Por suerte, la relación también era buena con la familia de su marido. Su suegra es uno de sus principales apoyos. “Nos llevamos muy bien”, asegura Nagalakshmi, “sé que puedo contar con mis suegros, así como con mi familia”. Gracias a su participación en el proyecto “De Mujer a Mujer” de la FVF, contaba con una búfala de la que extraía leche para venderla y, tras la muerte de su marido, pidió otro microcrédito para comprar otra. Así, puede llegar a ingresar unas 6.500 rupias al mes (unos 80 euros) mientras que, sin el apoyo de la Fundación, probablemente estaría trabajando en el campo como jornalera por mucho menos dinero que apenas le permitiría sobrevivir.

Aún y así, reconoce que su vida no será sencilla a partir de ahora. “Cuando vivía mi marido todo era más fácil, porque él se encargaba de trabajar y se ocupaba de algunas cosas de la casa que a mí se me dan peor”, relata la mujer. “Y, además, a partir de ahora sé que socialmente ya no soy aceptada”, añade. En la India, cruzarse con una viuda por la mañana es un mal augurio para el resto del día. “Me han insultado varias veces e intento que no me afecte, pero en muchas ocasiones me pongo triste”, lamenta Nagalakshmi.

En el shangham o grupo de mujeres, sin embargo, es diferente. Allí se siente más apoyada y comprendida. Además, su suegra es precisamente la lideresa del grupo, por lo que trabajan juntas para intentar cambiar esta imagen de las viudas. “Yo antes pensaba igual que el resto de la gente cuando veía a una viuda. Creía que era un mal augurio e intentaba no acercarme a ella. Pero al pasar al otro lado me he dado cuenta de que es una creencia que no tiene sentido. Personalmente he cambiado mi trato hacia las otras viudas, porque creo que las mujeres debemos apoyarnos”, explica Nagalakshmi. “He empezado a trabajar con mi suegra para concienciar al resto de mujeres y, por extensión, a la comunidad para que cambien su forma de pensar con respecto a ellas y evitar que sufran tanto”, explica orgullosa.

Nagalakshmi no se volverá a casar. Tiene tres hijas y eso la descarta como candidata para un futuro matrimonio. Al contrario que en el caso de los hombres, las mujeres sólo se vuelven a casar si no tienen hijos o si, como mucho, tienen uno. Es consciente de que pasará el resto de su vida sola, pero sacar adelante a sus tres hijas y luchar para que la comunidad acepte a las mujeres viudas son dos objetivos que le dan fuerzas para seguir adelante.

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